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Marcos Ruival
Córdoba - Argentina
Se puede decir de mí, que soy el escritor del subdesarrollo.
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Últimos comentarios de este Blog

12/01/10 | 04:03: Mónica Lorenne dice:
No daré nombres,ni autores, ni años, ni tiempos, ni nada! pues!piensen que un segundo pasado,significa: millones de muertes no registradas en la percepción...cada paso que damos, es una muerte y una nacimiento e inicio nuevo! A ello! Doy gracias a Dios! por tener vida y no pensar en mi último suspiro.simplemente hacer lo que debo hacer, minuto a minuto! En cuanto a la poesía, como autor, coincido con Albín. Perdón amigo, querías mi opinión! Gran abrazo y siempre la luz en tu vida(Den cuerpo a la luz).
12/01/10 | 02:18: Malena dice:
Marcos :No hieres mi sensibilidad, lo bueno de esto que cada cual puede interpretar lo que el escrito le inspira ;para quien lo escribe es lo que importa ;algo suyo movilizó al otro .Gracias por leerme . MALE.-
31/12/09 | 01:28: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
Hola Marcos! que tal? la verdad que no se si las rimas son arcaicas como dice el amigo Albin granconocedor ni si el autor es mejicano, como dice Gus, solo te digo que es asi como quisiera morirme aunque "ya no soy tan joven y no dejare un bonito cadaver" y es cierto la vida nos traiciona. Te mando un beso y que el 2010 te traiga todo lo que deseas y un poquito mas Ja!
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Al blog lo destino para satisfacer mis deseos de comunicar algo. Mis relatos breves son simples, a veces chabacanos, de una verdadera porquería los calificaría yo¡Ya van a ver...!


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PEQUEÑAS HISTORIAS PUEBLERINAS



      En el pueblo donde crecí, en la provincia de Córdoba, se contaban historias que fluctuaban entre lo creíble y lo imaginario, pero que nadie se animaba a desmitificar.

      Cada tanto aterrorizaba a la gente un gigante que aparecía por las noches, tenía la agilidad de un felino, espantaba a los perros y a los gatos y ojeaba a todo aquel que se atrevía a mirarlo a riesgo de volverse loco furioso, quedar ciego u otras lindezas por el estilo.

      Algunos lo habían visto en diferentes lugares a la vez, pero nadie coincidía a la hora de describir su fantasmagórica figura.

      Una vez aplacada la fuerza de las versiones había que esperar otro año, para escuchar otra sucesión de historias convenientemente renovadas.

      Más relatos:

      El puente carretero daba la entrada al poblado;  paralelo y distante unas veinte cuadras de él se erguía el otro, el famoso “puente negro” llamado así por su siniestro color, que soportaba el paso de los trenes. Debajo, las aguas marrones corrían revoltosas y turbulentas.

      Contaban los lugareños que allí las arenas movedizas se tragaban a las personas, a las vacas, a los caballos, y a toda alma viviente que anduviere en las inmediaciones.  

      Nunca tuve el agrado de conocer a ningún ser humano, ni animal, que hubiere sufrido esa exclusiva y horrible muerte, pero yo ni loco me bañaba cerca de la supuesta ciénaga traicionera.

       También circulaba la leyenda de la luz que acompañaba a los viajeros en las noches de tormenta, y otras que habían sido incorporadas a las supercherías locales.  

      Pero la más increíble y la que más temíamos, era la de “La casa del alto”.

      Sobre una loma en las afueras, se distinguía espectral la casona embrujada. Decían que a los chicos que se atrevían a entrar en ella los demonios les robaban su juventud y salían convertidos en ancianos.

      Varios viejecitos del lugar eran sospechados de ser los protagonistas de esas historias, pero no pasaban de ser chismes que todo el mundo festejaba.

      Con Alejandro, amigo y compañero de colegio, contábamos catorce años en ese entonces, nos obsesionaba la idea de transgredir esa barrera; romper ese mito de miedo transmitido de generación en generación y decidimos ser los héroes de la travesura más audaz conocida en el pago.

      Flameantes las  piernas, la adrenalina a mil que hacía latir nuestros corazones como tambores, una tarde de mucho frío, muertos de miedo, entramos a la casa.

      Alumbrados por una linterna,  recorrimos en completo silencio la planta baja y el piso superior observando y hurgando todo que se mantenía increíblemente intacto pese al tiempo en que nadie la habitaba.

      Tal era la tensión que flotaba en el ambiente que si hubiésemos escuchado un ruido, cualquiera de los dos podríamos habernos infartado.    

      Después de deambular más de una hora sin dar, ¡menos mal!, con los famosos ladrones de la juventud y al agotársenos las pilas, decidimos volver con la negrura de la noche a nuestros hogares, alterados y ateridos, pero satisfechos por la hazaña que al día siguiente estaría en boca de todos.

      No bien llegué a casa, le conté a mi padre lo que habíamos hecho.

      Me observó un largo rato como a un bicho raro. Cuando pudo articular palabras, enfurecido, me dijo de todo en ese momento:

     __¡¿Qué vamos a hacer ahora…?! ¡Cuando te vea tu madre…! ¡¿Como pudiste hacer eso…?! ¡Mirá como has quedado, chico de porquería!,  decía señalándome el espejo. Yo no sabía a que atribuir su enojo hasta que  me vi reflejado en él.

      ¡Lo insólito fue mi reacción! Ante la andanada de retos y reproches, se me ocurrió aplicarle una norma que nos había inculcado desde pequeño. Recuerdo que lo apunté  con  el índice y severamente, -como él solía hacerlo- le dije:

    __¡Más respeto jovencito, eh; mire que está hablando con una persona mucho mayor que usted! 

      Después le pedí perdón un montón de veces.

    __Mi viejo anda ahora por los cuarenta y siete y yo voy a cumplir…, voy a cumplir…, noventa y… ocho años; si mi frágil memoria no me  falla.    

 

 

MARCOS RUIVAL

                

     

 

                                                

   

   

     

     


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
23/09/09 | 09:36: Marilen Zweifel dice:
Marcos :bienvenido al blog , me atrapó tu cuento con las historias pueblerinas , bien narrado , mantiene el suspenso y bueno el desenlace .Ahora a seguir escribiendo !! Un abrazo de marilen -blog :sahumerio de vainilla -
marizu@live-com.ar
 
23/09/09 | 01:12: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
BIENVENIDO! Marcos buenisima la historia que no por ser pueblerina deja de tener su encanto, al menos para mi, que camino con un pie en el suelo y otro en el aire,yo me críe en un pueblito cerca de la ciudad de Luján, en bs as, y las historias que convivián con nosotros, desde pequeños eran terribles, y al crecer le poniamos nuestro propio condimento, no teniamos mucho, pero que felices eramos con nuestras historias inverosimiles, un saludo
rojas.stellamaris@yahoo.com.ar
 
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