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Marcos Ruival
Córdoba - Argentina
Se puede decir de mí, que soy el escritor del subdesarrollo.
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Ocultar datos Diciembre 2009
Con total sinceridad; desearía escribir como este tipo. Qué opinan ustedes?
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Últimos comentarios de este Blog

12/01/10 | 04:03: Mónica Lorenne dice:
No daré nombres,ni autores, ni años, ni tiempos, ni nada! pues!piensen que un segundo pasado,significa: millones de muertes no registradas en la percepción...cada paso que damos, es una muerte y una nacimiento e inicio nuevo! A ello! Doy gracias a Dios! por tener vida y no pensar en mi último suspiro.simplemente hacer lo que debo hacer, minuto a minuto! En cuanto a la poesía, como autor, coincido con Albín. Perdón amigo, querías mi opinión! Gran abrazo y siempre la luz en tu vida(Den cuerpo a la luz).
12/01/10 | 02:18: Malena dice:
Marcos :No hieres mi sensibilidad, lo bueno de esto que cada cual puede interpretar lo que el escrito le inspira ;para quien lo escribe es lo que importa ;algo suyo movilizó al otro .Gracias por leerme . MALE.-
31/12/09 | 01:28: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
Hola Marcos! que tal? la verdad que no se si las rimas son arcaicas como dice el amigo Albin granconocedor ni si el autor es mejicano, como dice Gus, solo te digo que es asi como quisiera morirme aunque "ya no soy tan joven y no dejare un bonito cadaver" y es cierto la vida nos traiciona. Te mando un beso y que el 2010 te traiga todo lo que deseas y un poquito mas Ja!
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Al blog lo destino para satisfacer mis deseos de comunicar algo. Mis relatos breves son simples, a veces chabacanos, de una verdadera porquería los calificaría yo¡Ya van a ver...!


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LA CAJA



Escribo esto porque estoy lleno de odio. Cómo no tener rabia cuando uno trata con personas,  como la del relato, desagradecidas y fallutas. ¡Después de leerlo, díganme si no tengo razón!

 

        

          La llamada de Ernesto me causó una angustia premonitoria, malsana y desagradable.

          Crecimos juntos y fuimos amigos íntimos Carla, él y yo. Hacía un año, desde mi partida, que no sabía nada de ellos.   

         Carla era hermosa y temperamental; todos la deseaban. Desde niños hubo entre nosotros una química especial, y ya de adolescentes una atracción casi animal.

        Nos sorprendió la adultez atrapados en una pasión sin límites hasta que Ernesto, ese mal nacido,  la convenció que lo nuestro era un capricho, y ella sugirió cortar las relaciones por un tiempo.

       Un año después se pusieron de novios y seis meses más tarde se casaron.

       Aunque quedé herido de muerte digerí el veneno que me causó su actitud y no les reproché absolutamente nada.

       Yo estaba seguro de que ella seguiría siendo mía. ¡Mía, o de nadie!

       Así fue; al cumplir su primer aniversario de bodas me confesó que había tomado una determinación equivocada, en una etapa llena de incertidumbres, buscando algo más formal, menos loco; mientras hacíamos el amor como si hubiésemos perdido la razón, juró que jamás me dejaría.

      Desde entonces comenzamos a encontrarnos en cuanta ocasión teníamos, totalmente indiferentes a su nuevo estado civil.

      Pero había un grave problema. Ernesto lo intuía y sufría esos celos que exacerbados, podían ser terriblemente peligrosos.

     Con dolor, me alejé de su lado un tiempo  para protegerla.

     Ahora Ernesto me citaba a un lugar desconocido. No entendí a qué se refería cuando dijo con tono sombrío: “Te voy a devolver algo de Carla que una vez fue tuyo”.

       Después de un silencio tenso, escuché el corte del teléfono.

       Al atardecer llegué al viejo galpón abandonado. En ese páramo, mi única compañía era el sonido del viento sacudiendo las chapas de cinc.

       Poco después apareció Ernesto.

       ¡Cómo había cambiado! Delgado, demacrado, sus ojos vidriosos y su vestimenta descuidada y sucia. Parecía un loco escapado de un manicomio.

       Traía en su mano una caja que creí reconocer.

       Al verme, me apuntó con su índice; su grito de rabia retumbó por todo el galpón:

   __ ¡¡La culpa de todo la tenés vos, hijo de perra!! ¡¡Me arruinaste la vida!! – Decía mientras lloraba desconsolado.

   __ ¿La culpa de qué, Ernesto? –Le pregunté quedamente, haciéndome el sorprendido.

   __ ¡Sí, vos, vos! ¡Fuiste mi mejor amigo y me engañaste! –Acusaba desaforado levantando la caja.

   __¡Aquí te traigo lo prometido! –Gritaba  golpeándola con furia.

       Entonces recordé lo que dijo al llamarme: “te voy a devolver algo de Carla que una vez fue tuyo”

       Imaginé lo peor. ¡Seguro que el demente le arrancó el corazón y lo trae ahí adentro!  ¡¡Maldito asesino!! – Fue lo único que salió desde el fondo de mi desesperación.

       Perdí el control, me abalancé y le pegué una trompada en la frente con todas mis fuerzas. La caja rodó por el suelo y tuve que saltar sobre ella para no aplastarla.

       Al verlo maltrecho revolcándose por el piso mugriento le apliqué una patada en la cabeza, al tiempo que desviaba mi mirada.

        Dejé pasar unos instantes y aunque mi razón me aconsejaba que no lo hiciera, volví la vista sobre él. Por la sangre que manaba de sus oídos y  sus ojos que miraban sin ver, comprobé que el desgraciado había dejado de embromar para siempre.

      Respiré hondo, alcé la caja y salí disparando. De regreso a casa, parecía que cargaba una pequeña urna funeraria.

      Esa noche fue terrible para mí. La caja sobre la cómoda, y yo tratando de apartar mi mirada de ella sin lograrlo, porque creía oír algo retumbar en su interior.

      Obsesionado, a cada rato me acercaba a para verificar si se corría. La había visto avanzar hacia el borde y quería protegerla de una posible caída.

      El amanecer me sorprendió con los nervios destrozados.

      No cabía otra alternativa. Iría a la policía con la prueba para que verificaran el abominable crimen de Carla y declararía mi culpabilidad por la muerte de Ernesto.  

       Así lo hice. Con paso firme me dirigí al Precinto más cercano donde confesé todo lo ocurrido.  Cuando comenzaron a abrir la caja yo miraba hacia otro lado, resistiéndome a observar el horror del contenido.

      Varios golpecitos en el hombro obligaron a volverme y enterarme de la cruel realidad:

      Brillante y transgresora, en la caja descansaba aquella gargantilla que le regalé a Carla unos días antes de su boda.

      La dedicatoria donde le juraba mi amor incondicional “a pesar de todo”, permanecía a su lado rota en cien pedazos.

      ¡Vieron, vieron, se los adelanté! ¿Vieron lo que me hizo el muy cabrón?

      ¡Ernesto…, hasta después de muerto sos una porquería!  ¡¿Te das cuenta el garrón que me hiciste comer?!

        

                                                                                   

                                                                   MARCOS RUIVAL

 

     

   

 


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
01/10/09 | 11:54: stella Maris (detrasdelespejo) dice:
seguro, Marcos, como no tener odio hacia esas malas personas, que lo unico que hicieron fue engañarte, abandonarte, y hacer que lo mataras, te comprendo,ja....un saludito
rojas.stellamaris@yahoo.com.ar
 
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